Consejos ambientales

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Por Carroll Ríos de Rodríguez | Publicado originalmente en Revista Contrapoder, edición semana 24 de septiembre de 2016.


Para conservar la naturaleza exitosamente, los guatemaltecos debemos reemplazar el modelo de planificación central con soluciones descentralizadas que usan la fuerza del mercado libre y los derechos de propiedad definidos.

El economista Jeff Bennett, profesor de la Universidad Nacional de Australia y director del Centro de Investigación para la Economía Ambiental, estuvo en Guatemala la semana pasada. Compartió con académicos, periodistas y tecnócratas sus conocimientos y sus experiencias en el campo. Bennett está activamente involucrado en la formulación e implementación de innovadoras políticas públicas en su país natal y algunos países de Asia. Además, recién editó un libro titulado Protegiendo el Ambiente, Privadamente. (2015) Dicha publicación ha sido tanto elogiada como criticada, dado que se tiende a retratar a los actores particulares como perjudiciales y al Gobierno como el salvador del Planeta.

El primer capítulo del libro, escrito por Bennett, eleva la pregunta: ¿porqué, si el ambiente es tan valioso para los seres humanos, hemos sido incapaces de protegerlo? La humanidad se debate entre el uso y la conservación. Los seres humanos no podríamos existir sin ambiente, pero tampoco podríamos existir si apuntamos al estándar de cero huella humana, o una naturaleza intacta. El balance correcto entre uso y protección es un rompecabezas complejo. Depende del establecimiento de reglas o incentivos que inviten a el cuidado de los recursos naturales a futuro. Los beneficios de conservar deben ser mayores que los costos de hacerlo.

Ha quedado demostrado que los comunes crean tragedias ambientales, la mayor parte de las veces. Únicamente pueden manejar exitosamente un bien comunal aquellos grupos pequeños, homogéneos, con una legítima institucionalidad que hace valer reglas de conducta consensuadas. Los aglomerados grandes, heterogéneos y anónimos, tienden a sobre-explotar los bienes de acceso abierto; los arreglos informales fracasan conforme crece la sociedad. Por ejemplo, dice Bennett, “el aire y los ríos se sobre-utilizarán como vertederos de basura. Como recursos “libres”, las personas los usarán sin importar los costos que imponen a otros, y su condición empeorará progresivamente.” Es por ello que evolucionaron instituciones adecuadas para dichas sociedades, entre ellas la propiedad privada.

El australiano cuestiona la lógica del movimiento ambientalista. Ésta parece forjarse sobre la base del trabajo de Arthur Cecile Pigou, economista inglés de principios del Siglo XX. Pigou diría que los comunes representan un fracaso de mercado, al igual que los monopolios y las externalidades, y recomendaría la intervención del gobierno para remediar la falla. De hecho, hasta existe un impuesto pigouviano, basado en el costo estimado de la contaminación que el industrial impone a terceros.

El verdadero desafío es definir los derechos con claridad: las personas que pueblan el mercado toman decisiones erradas respecto de los recursos porque las reglas los llevan a ello, o porque no hay reglas, o porque éstas no se hacen cumplir. Pocas cosas son tan dañinas para el ambiente como la incertidumbre respecto de qué puede hacer cada uno respecto de un bien, explica Bennett. La precariedad es enemiga de la conservación; la incertidumbre acorta sustancialmente nuestros plazos.

Bennett afirma que podemos considerar un fracaso “el enfoque centralizado para la coordinación social de la asignación de recursos naturales”. La autoridad central poseerá información incompleta, y no podrá adivinar las preferencias reales de miles de actores económicos disímiles.

En Guatemala, cometemos el mismo error. Corremos al Congreso para que pase una ley ambiental. La fórmula habitual crea un despacho gubernamental centralizado. Asumimos que será un árbitro omnisciente, imparcial, eficiente, capaz de sabiamente orientar millares de actos privados. Fracasamos, y el ambiente sufre…


Carrolll Ríos es docente de la Universidad Francisco Marroquín y actual presidente de Rana.