Río La Pasión, una reflexión disruptiva

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Por Jorge David Chapas | Junio 29, 2015


El desastre ecológico en el río La Pasión, Sayaxché, Petén ha sido nuevamente un fenómeno propio del colectivismo ambiental, y en consecuencia un evento que se ha prestado a la polarización y a la confrontación de dos extremos opuestos de la opinión pública: por un lado quienes defienden la empresa, en el amplio sentido de la palabra y por el otro, quienes defienden a los pobladores locales. No se trata de tomar partido por uno o por otro bando, como lo han insinuado algunos de nuestros seguidores; se trata de conocer la realidad y analizarla objetivamente. No obstante, creo firmemente que las actividades productivas, ya sea la siembra de palma africana para la extracción de aceite o la pesca, pueden ser compatibles con el medio ambiente, toda vez se cumplan dos condiciones suficientes y necesarias: derechos de propiedad definidos, defendibles y divisibles (3D) y un sistema de justicia capaz de dirimir los conflictos del incumplimiento de contratos.

Y ya que la confrontación y la polarización no conviene nunca y en estos momentos de crisis institucional y de año electoral menos, valga un consejo estimado lector, infórmese correctamente, haga uso de la razón al analizar el problema y sea prudente al emitir juicios. Profundicemos en el tema:

Dado que la magnitud (en toneladas de peces muertos) y extensión (largo del río afectado) del daño son de grandes proporciones, a mí no me parece razonable la hipótesis de haber vertido, intencionalmente o no, un agroquímico en el río. En tan vasto volumen de agua, es poco probable que una substancia de esa naturaleza pudiera no disolverse o mantenerse en concentraciones tales, y durante tan largo tiempo, como para afectar significativamente la composición del ambiente acuático y causar la muerte súbita de peces.

Como las mareas rojas en los mares, en los ríos también ocurren procesos biológicos, físicos y químicos que desencadenan de súbito fenómenos de grandes proporciones. Generalmente existe un “activador” que generan un cambio brusco en los ciclos naturales del ecosistema derivando incluso en la muerte de ciertas especies de animales. En el caso de las mareas rojas, son los moluscos quienes se ven afectados al depender de microalgas rojas como alimento, las cuales experimentan una proliferación excesiva que causa cambios en el ambiente acuático; estas microalgas generan toxinas que finalmente son consumidas por los moluscos, causando la muerte y pérdidas económicas a quienes dependen del recurso.

Pero más allá de esta hipótesis que considero probable y que pensé bueno compartir a manera de lanzar otra causa alternativa, retomo el punto central de mí artículo: el problema es el resultado del colectivismo ambiental. Como lo refiere Ghersi, en su trabajo de investigación, La privatización del mar (el cual recomiendo para todos aquellos que se asombran ante semejante propuesta mía por redes sociales), “todo recurso que tiene la categoría de ser colectivo, está sometido de manera inevitable a lo que el biólogo americano Garrett Hardin ha llamado la Tragedia de los Comunes. Un bien de acceso libre, dice Hardin, es un bien en el que nadie tiene interés en garantizar ni su mantenimiento ni su renovación, ya que se trata de iniciativas, que por el principio de libre acceso, no pueden tener ningún valor de mercado; por eso un bien está condenado a ser sobreexplotado y a agotarse rápidamente".

Esta lógica aplica al Río La Pasión y a todos sus componentes, incluyendo los peces, dada la característica de acceso libre y gratuito. Mientras se mantenga vigente la idea de concebir los ríos como bienes públicos y el agua como un derecho humano “gratuito” será imposible que florezca la responsabilidad y la motivación para proteger esos recursos naturales. Incluso para monitorear, prever y hasta adaptarse a los procesos naturales que cambian la composición de los ecosistemas y que finalmente afectan a los más pobres.

“Pero ese sistema no existe en ningún país del mundo” me repiten constantemente. ¿Y cuál es el problema? ¿Acaso no podemos ser los primeros en intentarlo? Que poca ambición. Para aquellos que necesitan modelos para seguir, aquí les dejo uno: en Inglaterra, Fish Legal, anteriormente la ACA, (Angler’s Cooperative Association – la gremial de clubes de pescadores) se ha convertido en la más eficaz vigilante de la contaminación de los ríos. En este país los derechos de pesca en los ríos han incentivado desde hace siglos los buenos usos y la conservación de los caudales. La ACA ha encausado más de 700 demandas, ganando la mayoría, y sentando precedentes en el orden judicial. Esto no es posible que ocurra en Guatemala dada la ausencia de claros derechos de propiedad y la fragilidad del sistema de justicia, las dos condiciones que mencionaba al inicio.

Es a ello que debemos apostar si realmente queremos resultados diferentes. Mientras prive el colectivismo ambiental y no meditemos en lo vital que resulta la propiedad privada—y su protección jurídica, como institución que hace interesarse al hombre por preservar y hasta multiplicar los recursos que le son útiles, no será posible hacer pagar los daños ambientales producidos por terceros o prever aquellos fenómenos naturales como el posiblemente ocurrido en el río La Pasión.



Jorge David Chapas es empresario forestal, fundador y CEO de Rana. Miembro del CEES y del PERC.