Los barriletes ya no alzan el vuelo

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Por Jorge David Chapas | Noviembre 4, 2015


Desde mi ducha cada mañana disfruto de un agradable paisaje: el cono del Volcán de Agua y el del Pacaya al frente, buena parte del Cerro Alux a la derecha y un bosque de cipreses y eucaliptos que se haya a la izquierda y muy cerca, dentro del residencial. Lamentablemente, el espectáculo se ve contaminado por unos cables de conducción de energía que aún cruzan la calle justo frente a mi casa.

Digo aún porque pronto serán removidos, con todo y postes. Luego de haber comprado la propiedad en planos reñí durante meses hasta que logré, previo arreglo económico, que la empresa transitará el sistema de cableado aéreo a un sistema de cableado subterráneo. Muchos meses ha tardado aquella gestión pero espero que pronto se logre limpiar aquel paisaje cuyos elementos me inspiran más que cualquier político recién electo.

Al igual que los túmulos, la cantidad de cables que surcan todo el país es un indicador categórico del rezago de nuestro país y de cualquier otro en las mismas condiciones. Podríamos decir que el número de cables es directamente proporcional al nivel de subdesarrollo; así, entre más cables aéreos más subdesarrollado es el país, municipio o localidad.

Recuerdo haber leído un estudio de los 90’s que refería en 6 el número de postes por metro cuadrado en las esquinas de la Ciudad de Guatemala. Sólo en el condominio donde vivía anteriormente, el cual se extendía en una longitud de 100 metros, se contaban alrededor de 65 cables que zigzagueaban de casa en casa, impidiendo ver siquiera la luna llena. A aquel panorama debemos agregar los rollos de cable, cajas y transformadores. La fotografía se hace imposible en aquellas condiciones y los barriletes ya no alzan el vuelo a causa del mismo fenómeno.

Pero, ¿porqué en nuestras latitudes no ha sido común la aplicación de sistemas de cableado subterráneo?

Los primeros sistemas de cableado subterráneo datan de hace 200 años (1812) cuando se experimentaba entorno al telégrafo y actividades mineras. En 1879 Thomas A. Edison diseñó un sistema de distribución de energía eléctrica subterráneo para abastecer de iluminación y en 1893 la empresa General Cable Corporation produjo 145 millas de cable para las primeras instalaciones debajo de las aceras de la ciudad de New York. Estos avances tecnológicos ocurrían al compás de la Revolución Industrial, al final del siglo XIX, y justo en la época en la que las condiciones estimulaban los inventos y el progreso económico, principalmente en Estados Unidos e Inglaterra.

Posteriormente, sé por boca de algunos alemanes que Europa transitó al sistema de cableado subterráneo por los beneficios que implicaba durante las guerras. Cualquier detonación o enfrentamiento armado reducía a escombros todo el sistema de cableado aéreo, dejando sin energía a poblados enteros y generando más pérdidas materiales y humanas.

Hoy en día las ciudades más prósperas, por no decir más ricas, no utilizan cables aéreos. Esa ha sido una de las impresiones más agradables que he tenido al conocer ciudades como Berlín, Washington, Denver, Montana o Miami. Además de eliminar la contaminación visual, este sistema tiene innumerables ventajas: disminuyen las fallas de energía e incendios durante tormentas, huracanes y hasta terremotos; además de mayor seguridad, el soterramiento aísla los cables de temperaturas extremas, el sol y el viento, plantas y animales que suelen usarles de hábitat, contribuyendo así a una mayor durabilidad de los cables (hasta 100 años). La aplicación de polietileno de alta densidad propicia un mejor ordenamiento a diferencia de los cables aéreos. El cableado subterráneo beneficia asimismo al peatón: la ausencia de postes en aceras y calles favorece una mejor movilidad y hasta reduce el espacio para la contaminante publicidad política cada cuatro años.

Transitar hacia paisajes más limpios de cables aéreos es urgente por los beneficios que significan en términos de seguridad para vidas humanas e infraestructura física ante fenómenos naturales; podríamos incluso concebir esta medida como propia de una estrategia de adaptación enfocada a los cambios climáticos. Posibilita una mayor calidad en el servicio y un paisaje limpio para atracción de turismo. Pero sin lugar a dudas dicha transición no será posible si no hay mejoras sustanciales en los ingresos de los guatemaltecos, así como en los servicios más básicos (agua, recolección y tratamiento de basura, transporte, etc.), y ello depende de que logremos limitar a los gobiernos (nacional y municipales) a sus funciones esenciales (seguridad, justicia y algunas obras públicas, como esta eventualmente), liberar los mercados de trabas administrativas y subsidios, y aclarar los derechos de propiedad entorno a los recursos naturales.



Jorge David Chapas es guatemalteco y empresario forestal. Fundador y CEO de Rana. Miembro del CEES, del PERC y del Heartland Institute.