Laudato si: desde la mirada de un escéptico (III)

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Por Jorge David Chapas | Julio 27, 2015


En mis dos artículos anteriores abordé en breve el componente teológico y científico que comporta la reciente encíclica del Papa Francisco Laudato si. Para esta última he reservado una reflexión sobre lo que él advierte como causas y las orientaciones que ofrece para solucionar los problemas ambientales, algunos insignificantes (cambio climático generado por la actividad humana), otros en definitiva evidentes (deforestación, escases de agua, pérdida de la biodiversidad).

Francisco observa que “las raíces más profundas de los actuales desajustes […] tienen que ver con la orientación, los fines, el sentido y el contexto social del crecimiento tecnológico y económico” (109), y reitera esta idea a lo largo de toda la encíclica en términos de “modelo tecnicoeconómico” (53, 203) y el “consumismo extremo y obsesivo” (54, 203).

En mi opinión, su preocupación es muy válida pero refleja un mal entendimiento del problema económico y político. Al respecto parafraseo al profesor Alberto Mansueti: los patrones de consumo actual obedecen a decisiones individuales en materia de preferencias personales y estilos de vida, no colectivizables. El mercado le entrega a la gente exactamente lo que quiere y según lo que produce, pero no garantiza conductas objetivamente buenas en las personas. No siempre hacemos de nuestra libertad un uso sabio y prudente, o siquiera medianamente razonable. Y muchas veces no somos buenos jueces de nuestras propias necesidades, y hacemos juicios necios y hasta autodestructivos (La Salida, 2006).

Habrá que hilar más fino sobre el comportamiento humano en aquel sentido, y considerar que, por ejemplo, es razonable que alguien que haya estado limitado de bienes materiales durante toda su vida, cuando los tenga al alcance desee tener mucho y de todo. Lo importante será no colectivizar aquel comportamiento y analizarlo en su contexto particular. En cualquier caso, me parece que Francisco debió iluminarnos, permítaseme semejante impertinencia, en los desafíos profundos que comporta el conocerse a uno mismo y cómo enfrentar las fragilidades humanas (e.g. la de la satisfacción inmediata y el poder), reparar en valores como la prudencia, la responsabilidad y la sabiduría, y en qué condiciones estos dones del espíritu encuentran un mejor ambiente para su desarrollo.

Pero por un claro sesgo ideológico, inclinado a las ideas socialistas y muy propio de su país, pasado y congregación, Francisco entiende el mercado como una entidad perversa que debe ser bien regulada por los gobiernos. No advierte que esos patrones de consumo y de desigualdad que tanto culpa obedezcan más bien a un mercado distorsionado por las incontables intervenciones gubernamentales a manera de miles de leyes que, no sólo restan libertad e inhiben la responsabilidad de las personas, sino que no permiten que florezcan aquellos valores que conducen al ahorro y a la sobriedad.

En el mimso sentido, Francisco alude a la encíclica Caritas in veritate de Benedicto XVI, en la cual este último “urge la presencia de una verdadera Autoridad política mundial” para “gobernar la economía” (175). Sobre esta orientación cabe recordar la verdadera enseñanza de Jesús: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Lc 20, 25). Con aquella perversa orientación la iglesia católica nos induce a tener que dar a los gobernantes todo lo que nos pidan los gobernantes, “enseñoreándose” sobre las naciones (Mc 10, 42) y eso es contrario a toda enseñanza cristiana. Lo vivimos recientemente en todo el mundo: los niveles de corrupción que se ensañan sobre la clase política mundial es la justa consecuencia del poder discrecional que les hemos otorgado a los gobernantes sobre nuestras vidas, aunado a un grave deterioro de los valores éticos, propiciado a la vez y en gran medida por el mismo sistema perverso.

¡Yo no necesito a ninguna autoridad política mundial que regule mi comportamiento económico Papa Francisco…disculpe que disienta con su autoridad. Necesito un verdadero capitalismo y no lo que usted entiende como tal: mercantilismo. Tampoco necesito de un Estado de Bienestar, o de esos que suelen “regalarme de todo”, porque es ese tipo de Estado el que me concibe como un ser humano sin principio de acción, ni medio de discernimiento y desprovisto de toda iniciativa. Necesito más libertades y menos gobierno; necesito de un sistema que me permita ejercer racionalmente mi egoísmo y desarrollar todo mi potencial creativo con generosidad!

Por último, aunque dejo mucho en el tintero, no quiero pasar por alto mi franco desacuerdo sobre la siguiente reflexión del Papa Francisco: “Si la mirada recorre las regiones de nuestro planeta, enseguida nos damos cuenta de que la humanidad ha defraudado las expectativas divinas” (61). ¿Porqué generalizar en “la humanidad”? ¿Acaso no han existido hombres de mucha talla que han dado a la humanidad mucho de que enorgullecernos como género humano? ¿Cuáles son realmente las expectativas divinas? ¿Quién verdaderamente las estará defraudando?



Jorge David Chapas es guatemalteco y empresario forestal. Fundador y CEO de Rana; miembro consultivo del CEES, del PERC y del Heartland Institute.