Del bien que el petróleo hizo a las ballenas

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Por Jorge David Chapas | Septiembre 29, 2016


Sí, y lo hizo de manera silenciosa, involuntaria…casi invisible.

Está de moda en la opinión pública la demonización del petróleo y sus derivados. La mayoría de incautos se queja de la volatilidad de su precio, de sus efectos contaminantes, del monopolio que ejercen sobre él los países del cercano oriente y, principalmente, de sus efectos en términos del supuesto calentamiento global.

Incluso el mismo político venezolano y uno de los padres fundadores de la OPEP (Organización de los países exportadores del petróleo), Juan Pablo Pérez Alfonso, le llamó el “excremento del diablo”, al referirse al efecto que tiene sobre el manejo de las economías.

Hagamos pues un tanto de justicia:

El petróleo, estimado lector, fue de uno de “esos” inventos o evoluciones tecnológicas que, además de significar energía y miles de satisfacciones para la humanidad durante siglos, ha representado para las ballenas la salvación de la mismísima extinción. Sí…

Hasta 1859 el aceite de ballena era muy utilizado para alumbrar y lubricar buena parte de los procesos productivos que originaba la revolución industrial. Era el aceite de las ballenas francas y de Groenlandia, el de mayor demanda, debido a una cuestión de tecnología: eran lentos y flotaban después de muertos. El aceite de cachalotes era el de mayor valía y en cuanto empezaron a escasear algunas especies (ballena gris en el Atlántico), los balleneros empezaron a cazar calderones, zifios, orcas y hasta delfines.

Un artículo de Pablo Pardo de 2015 hace referencia que el barril (42 galones) de aceite de ballena a precio de hoy costaría la “módica” cantidad de entre 445 y 1,294 dólares. ¡Compárese eso con los entre 45 y 150 dólares que cuesta hoy el barril de crudo!

Sin duda, John D. Rockefeller, pionero petrolero y fundador de Standard Oil, fue un salvador involuntario de las ballenas en el siglo XIX. Él, dotado de gran espíritu emprendedor y a pesar de muchas críticas en su tiempo (y aún ahora) ha hecho más por los cetáceos de todos los mares que muchos ecologistas irracionales que dicen apoyar aquella causa.

Además, he de insistir en que la escases física es muy diferente de la escases económica. Esta última viene determinada por los precios y estos a su vez por las nuevas tecnologías e innovaciones. La sustitución de un bien (relativamente escaso) por otro ocurre precisamente cuando surge el descubrimiento de un bien sustituto a un precio menor.

Continuar apoyando la idea de “independizarnos” del petróleo es incluso inmoral, como lo argumenta @AlexEpstein. En su libro “El caso moral de los combustibles fósiles” sostiene que todo depende del estándar de valores que poseas, de tu medida del bien y el mal. Alex rechaza la idea de que “minimizar el impacto humano” es algo moralmente bueno, sosteniendo que dicho código pertenece más bien al acto de “maximizar el florecimiento humano”. Sugiere que pensemos advirtiendo “todo el contexto”, evaluando sí los riesgos y beneficios, los efectos al margen y otras alternativas.

Así, pensar por ejemplo que establecer un impuesto al consumo de petróleo (o carbon tax), limitar la emisión de gases de vehículos automotores, subsidiar las energías renovables o emitir una ley de cambio climático que regule toda actividad económica son medidas equivocadas, inútiles y hasta contraproducentes. Son los precios (información o lenguaje colectivo), las innovaciones y, en última instancia, la riqueza, las instituciones y escenario que permite transitar hacia formas de vida más compatibles con el medio ambiente. ¡Piénsalo!




Jorge David Chapas es guatemalteco y empresario forestal. Fundador y CEO de Rana. Miembro del CEES y del Heartland Institute (US). Sus columnas se publican en República.gt, Rana y otros diarios digitales alrededor de América Latina.