De la tragedia de los ríos comunes

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Por Jorge David Chapas | Febrero 23, 2016


¡Corre y va de nuevo! Lo ocurrido recientemente en los ríos Madre Vieja y Achiguate parece ser una película que se repite continuamente. La explicación no es diferente a las ya vertidas por mí persona en anteriores columnas de opinión cuando me he pronunciado, por ejemplo, sobre los problemas de contaminación suscitados en el Lago de Amatitlán y Atitlán, o al problema de muerte de peces en el Río La Pasión, Petén.

Ocurre que cuando estos recursos naturales están puestos en común los usuarios—entiéndase, empresarios, comunidades y gobiernos locales, tienden a hacer un sobreconsumo de los mismos, pues el incentivo es maximizar su aprovechamiento sin consideración de quién o qué suceda después. Es una acción económicamente racional. No es perversa o malévola per se; sencillamente, ese es el incentivo que el sistema ofrece para actuar.

Más temprano que tarde llega el momento en el que el recurso se agota o pierde su calidad, y he ahí la tragedia de los comunes. Los actores se miran entre sí, se señalan y se acusan. Ninguno advierte que el problema no yace en la supuesta ambición del empresario, ni en la supuesta ignorancia del comunitario, ni en la ineptitud del gobernante local. El problema es de naturaleza económica. Los efectos ecológicos son sólo el síntoma del enfermo.

Mi amigo y profesor Terry Anderson, economista y fundador del Property and Environment Research Center (PERC) con sede en Montana, Estados Unidos, insiste por eso en que los incentivos importan, y mucho. Un sistema que disponga de los incentivos que catapulten a conservar los recursos naturales, a prever sus tasas de renovabilidad y los caudales según la estación, a medir periódicamente la calidad y hasta a mejorar su condición consistirá pues en aquel sistema en el cual la propiedad esté plenamente reconocida, puntualmente definida y jurídicamente garantizada, como bien dice el profesor Arturo Damm.

Terry, y su colega Don Leal, han propuesto desde hace muchos años un sistema en el cual se intercambian derechos. ¿Cómo podría funcionar en la práctica? Primero se determina el caudal o volumen de agua que circula en el cauce del río en cuestión, digamos el Madre Vieja, en un lugar y tiempo determinados. Los participantes acuerdan, según el principio “primero en tiempo, primero en derecho”, asignar cuotas de aprovechamiento bajo el compromiso, consignado en contrato privado, de devolver al río o no utilizar cierto volumen de agua. Supongamos entonces que, el Ingenio X tiene el derecho de utilizar 100 metros cúbicos/mes, siempre y cuando devuelva 30; el Ingenio Y tiene el derecho de utilizar 80 metros cúbicos/mes, siempre y cuando devuelva 20; el municipio de Nueva Concepción tiene el derecho de utilizar 130 metros cúbicos/mes siempre y cuando devuelva 30 y la empresa productora de aceites, supongamos, tiene el derecho de utilizar 80 metros cúbicos/mes siempre y cuando devuelva 20.

Bajo un sistema como el propuesto—que bien puede existir uno mejor, los usuarios pueden intercambiar derechos o cuotas según sus necesidades o eficiencia. Este mecanismo permite reasignar el agua de actividades de poco valor a las que se otorga un mayor valor. El incumplimiento de los contratos deberá ser dirimido ante juez (competente, probo, independiente e imparcial) y éste recurrir a sanciones resarcitorias.

Vemos como, bajo este sistema, los derechos están claramente definidos, son defendibles y son divisibles; cumplen con el principio de las 3D. Vemos como entonces el problema se traslada de los gobiernos o poder ejecutivo al poder judicial. Se establece jurisprudencia e imperan y emergen los valores de la libertad, la responsabilidad y la honorabilidad de los participantes.

Estos problemas continuarán ocurriendo y seguirán contribuyendo a la polarización, al vilipendio del empresario, a la violencia y a convalidar un sistema burocrático que en poco ayuda a resolver los conflictos socio-ambientales. Los incentivos adecuados importan y mucho; la propiedad privada de los recursos hídricos es capaz de ofrecerlos. ¡Piénsalo!



Jorge David Chapas es guatemalteco y empresario forestal. Fundador y CEO de Rana. Miembro del CEES, del PERC y del Heartland Institute. Sus opiniones se publican en República.gt, Rana, Diario AltaVoz (Perú) y Notiminuto (Venezuela).